❤️ Yo te amo
Sí, a ti.
Hoy salí a andar en bici.
Era temprano, el malecón comenzaba a recibir a sus primeros caminantes del día, esos que disfrutan las vistas marinas cuando la ciudad todavía bosteza.
Pedaleaba siguiendo mi ruta de memoria.
En automático.
Y entonces, un niño se cruzó en mi camino y me despertó.
Tenía unos 3 o 4 años y caminaba seguro delante de su mamá, como todo un pequeño guía explorador.
De pronto, salió un perro y comenzó a ladrarle con fuerza.
El niño se detuvo unos segundos y su mamá reaccionó de una forma que me dejó helada.
Con toda la tranquilidad del mundo le dijo:
—Hijo, dile: yo te amo.
¿Kheeeee…?
¿En serio?
No corrió a asustar al perro, ni a insultarlo, ni a ahuyentarlo.
No.
Hizo algo completamente opuesto.
Y entonces me detuve.
Algo en mi interior hizo clic.
Y entendí algo que llevaba días intentando comprender con la razón:
El mundo afuera reacciona como tu mundo interno le dice que reaccione.
Ese niño le dijo al perro que parecía atacarlo: yo te amo.
Y el perro hizo silencio… y movió la cola.
—¿Eso no es normal, o sí? —pregunta Lucrecia, anonadada.
¿Y si sí?
¿Y si la gente a mi alrededor en realidad reacciona tal como yo siento que lo hará?
—¿Eso no es manipulación? —insiste Lucrecia.
—No me refiero a eso. No se trata de obligarlos a ser o hacer lo que yo quiero… es otra cosa.
Y entonces decido probarlo.
Sigo pedaleando, repitiendo mentalmente la misma frase:
Yo te amo.
Una fila de ciclistas se cruza frente a mí en sentido contrario y su reacción es increíble.
—Buenos días —dice el primero.
Y uno tras otro repiten el saludo.
Yo respondo a cada uno mientras sigo repitiendo la frase en mi cabeza: yo te amo.
No lo puedo creer.
—¿No será casualidad? —sugiere Lucrecia.
—No lo sé… pero creo que no.
Sigo andando y, al llegar al final del camino, me detengo en una banca a escribir esto que lees ahora.
Repito el experimento con cada persona que pasa frente a mí.
La reacción es la misma.
Entonces siento cómo mi cuerpo se tensa.
Un hombre con ropas visiblemente sucias me mira desde lejos.
Miro de un lado a otro. No hay nadie cerca.
Empiezo a ponerme nerviosa.
¿Qué hago?
¿Me voy?
¿Y si me sigue?
Mi memoria se llena de recuerdos que no quiero visitar justo ahora.
Finjo que sigo escribiendo y, en ese momento, Lucrecia susurra bajito:
Yo te amo.
Es cierto…
Miro al hombre, que cada vez está más cerca, y repito la frase en mi cabeza:
yo te amo, yo te amo, yo te amo.
Al llegar frente a mí, me sonríe.
Y un “buenos días” sale de mi boca sin pedirme permiso.
El hombre me mira sorprendido, responde el saludo y sigue su camino.
Y entonces, como si una pieza se acomodara en el rompecabezas de mi cabeza, entiendo con el cuerpo lo que mi mente llevaba días intentando entender con la razón.
Y como dice la canción:
Si tú me das, yo también te doy… mi amor.
Relájate un chingo.
Y no olvides que te lo digo porque te quiero 😘
¿Nos conocemos? 🙃
Si quieres saber un poco más del “contenedor de Lucrecia” (ósea yo)
es Aquí ✨



Me quedé tarareando. 🫶